Excerpt for Viejos olmos by Alberto de la Madrid, available in its entirety at Smashwords





Alberto de la Madrid

Viejos olmos






http://albertodelamadrid.es/

albertodelamadrid@gmail.com








Por qué huir

Pero ¿por qué huir del desasosiego
la inquietud,
la madre que espera al hijo muerto
el amante cuyas entrañas se hicieron
espuma y viento?
Aquella madre que contaba mi amiga desconocida
que volvía día tras día a depositar
la ofrenda de un beso,
un sobre, una carta,
bajo la tierra donde se pudría su anhelo.

La madre y el amante
dolor y amor a los muertos
brisa cálida
tormento
perla escondida
en el fondo abisal
azul, negro, remoto,
madurando en silencio
en la profunda gruta verde.

Sí, es invierno
y no llueve
y no pían los pájaros
y el sol calienta amablemente mi cuerpo,
y dije que no iba a hacer versos
y hago versos
y mi alma es un manantial
entre las hojas secas,
amor, destellos de bondad y gracia
humedeciendo los prados
con el lienzo de los líquenes
dorados de ceniza clara sus encajes.

Desasosiego,
el de la guerra y las llamadas intempestivas
vibrando en la noche como sirena de fábrica,
desde un valle remoto
la infinitud apresada en las paredes del alma
rompiendo, sístole, diástole
contra la argamasa y las piedras de la noche.




Lleno de mí

Lleno de mí y de las palabras
que dejan mis viejas botas
escribo sobre un eco
prendido en el bronce de mis labios
como besos

escribo: cuerpo
dolor
pasión,
ensueño
y me quedo mirando en la noche
aquellos ojos que se perdieron en la oscuridad
tras el glauco escenario
donde goteaban desde siglos atrás
las penas
formando débiles e inaudibles arroyos

escribo: amor
sed
anhelo

y envueltos en papel de seda
el río y la memoria
resbalan por la ladera de brezos
jugando con la nieve
y enfriando sus manos




La sombra de un cadáver

La sombra de un cadáver
se deslizó bajo el dintel de mi ventana
me miró esquiva y
se introdujo abruptamente entre mis sábanas,
en silencio se quedó junto a mí mirando
el viento que agitaba los árboles,
tenía un aspecto apagado de rostro de cera.
Y yo miraba las cañas del techo
cerraba los ojos
intentando desterrar de mi memoria
el oprobio y la hez de las palabras nutricias de sus vómitos
otorgando el perdón de mi dolor.

Y mi llanto era entrecortado
y lleno de una melancolía torpe y contradictoria.

Amanecía,
quizás ella proviniera de la leche de un sueño angosto
venido a mí con el viento de la noche
más allá de los desfiladeros
y del mar de carbón que gime el dolor
de un amor sepulto en su vientre de silencio;
cadáver de blanca belleza
de vientre amargo
de besos dulces teñidos de mentira.

Encallada en mi virilidad
la mano fría de la muerte
me llenaba el cuerpo de estremecimiento;
entonces su alma se deslizó entre mis piernas
y vagó por el duro y delicado tegumento de mi calor
como una lejana reencarnación del pasado
con la boca húmeda y los pezones tersos.

Y no tuve valor
permití que su lengua acariciara la corona curva y brillante,
permití que dejara sus besos de hielo
sobre el calor estremecido de mi excitación.

Y ahora de pies sobre el día
cierro mis ojos
y taciturno pido clemencia y comprensión
paz para mis vísceras
agua, madera, fuego.




Con el vacío bajo la piel

Con el vacío bajo la piel
manando como lebrisco rumor de hojas,
una mañana de invierno
remontar la hora entre los cerezos
de vino viejo la copa,
con un libro en la mano
los ojos en el camino
los oídos llenos de olas;
vivo,
se oye el recitado de una oración
como agua repicando en el alma,
un rayo de sol se desliza
entre las nubes de vientre plomizo.

No hay tiempo
con la leche y el trigo hagamos queso y pan,
con la vida versos;
los pies fríos
la memoria reclinada en un regazo amado
la vida borboteando
en las frías alturas de un valle chileno.

Debería ser preceptivo ir haciendo con la vida buñuelos,
en el cuerpo de unos versos enlatar las emociones
y llevar presto el cazamariposas de las intuiciones fugaces,
sacarle partida a este invento.

Hoy no haré nada, leer y aplicarme el cuento,
vivir de las rentas,
me leo,
recuerdo una primavera
y los meses que siguieron.
es todo,
fuera el viento habla con las ramas
se restriega el lomo en los troncos de las acacias,
es invierno.




Cuando el todo se arremolina

cuando el todo se arremolina
en las mañana de invierno
a la luz leve de la memoria,

cuando El Dorado
Cristo o Alá
se deslizan entre las manos
como caduca esperanza
en donde depositar nuestro porqué
la inútil explicación a nuestras horas de dolor
y desasosiego,

cuando despertar entre la niebla del sueño
es el hondo estertor
de un reloj asmático sin manillas
loco en el vacío del tiempo
aislado en un desierto amarillo
bajo un cielo de ceniza,

cuando se ha de reconstruir
la babel de las alegrías y los gozos
junto al pesado estigma del dolor
y la indiferencia del hastío
y tratar así de fundamentar
el día que comienza
frente a la animada pajarera
que puebla el cielo
y las manos agitadas
de las copas de los árboles,

ese momento en el rostro de quien pasea
sobre las hojas muertas del invierno
junto a la fosa de aquella perra fiel
que yace encogida bajo las adelfas
más allá de los dioses y su estéril determinación
de sobrevivirse en la esperanza de otro mundo
más allá del bien y del mal
donde el viento cesó
y la luna pasea su traje de novia
camino de la oscura nada,

cuando sería necesario encontrar un porqué
y conocer los hilos del guiñol
que mueven nuestras almas,
sedientas,
aupadas sobre sí
para tocar el cielo
y besar sus labios
y solo se ase entre las manos
un torbellino de arremolinadas aguas
huracanes de pasión asolando
la arraudalada corriente
pronta a precipitarse
en la blanca espuma de un salto mortal
hacia la concha verde de un anhelo.

y sólo se oyen las aguas del mar
hirviendo entre los guijarros
camino otra vez de la serenidad azul
mientras sobre los acantilados de lava
las gaviotas alzan el vuelo
y acaso de las torres del silencio
descienden en rapeles espectaculares
los brillantes hijos de la intuición
que pintan el cielo con arabescos fosforescentes
y se mezclan en el aire con las primeras golondrinas
que prometen una primavera cercana.




Barrera de luz y sueño

Barrera de luz y sueño
precipitado por la morrena terrosa
en estrépito dulzor de azufre
mientras en el fondo brillan los glaciares
y se abre
y titilan las estrellas tras el amanecer
en polvoriento eco
de alud de argamasa,
luz de luna
sobre los pechos blancos de las montañas dormidas
despertando el pubis ensortijado
entre los brazos de hielo
que ahora recorre
la polvareda sobre el abismo
poco antes en sepulcral silencio

El día se había roto en pedazos
y sobre las angostas acanaladuras de hielo
se erguían atrevidas espirales de granito,
la noche acechaba entre las grietas,
rugosas epidermis de monstruos antidiluvianos
surcadas de abismos de fondo azulado y transparente
se abrían a mis pies
cubierto su lomo de restos de montañas
camino del valle
donde los seracs desmoronaban
sólidos y estruendosos
como rascacielos sin huesos




Y
a no necesita mi perdón

ya no necesita mi perdón
porque la serenidad del invierno
fue trayendo con su pelaje de nieve
el tiempo de la reconciliación
hasta el silencio refrescante de la noche;
liberado del desasosiego de la espera
su recuerdo crepita cálido entre las llamas,
musitando desde su lecho de cenizas
la paz que se avecina
como ave de anchas alas sobre las olas
gozosa de volar
en el espacio que dejaron las nubes
al otro lado de noche

sin embargo no es más que un deseo nadando
en un charco de melancolía

de hecho yo no pude
hasta ahora
decir
llorar junto al abismo
la angustia de las calles silenciosas
decir el color de unos ojos;
no había llegado el momento

un sendero donde la melancolía y la esperanza
juegan de la mano a la pelota sobre el abismo
pensando que las nubes llenarán de humedad
la cánula cenital del sol sobre sus cabezas
inclemente hasta la hora del crepúsculo




Como murmullo de aguas


Espléndidas
como murmullo de aguas corriendo bajo mi piel
beben las sensaciones en el cuenco de la mañana

y me pregunto:
¿cómo amor fue  abominable en su lengua,
tan tardo en la comprensión?

yo que amé aquel cuerpo a mi cuerpo ceñido
su gozo entre mis brazos
tendiendo su boca a buscar la mía
sobre el camino salpicado de noche y estrellas

Y así es hoy
una mañana en que los mirlos comparten con los gorriones
el baño bajo el aspersor,
me di una vuelta
vi las granadas abiertas entre las ramas
pisé el rocío
y enseguida comprendí
que debía dejar testimonio
de aquel camino, de aquella noche
del gozo que dejaron las caricias
en los límites del crepúsculo,
la dicha entre mis brazos
ya parte de mí

¿por qué estará hoy la parcela tan llena de pájaros
como si ya mismo fuera a empezar la primavera?

Y debo procurar que las sensaciones
aunque teñidas por el impacto de los despropósitos
no huyan de mí sin antes haber dejado
en las hondonadas de mi ánimo
el prolongado calor de su presencia;
por eso escribo versos esta mañana
cierro los ojos y ellas pliegan sus alas
y vienen a beber a mis pies
y me hablan de otro tiempo
cuando la noche o el alba eran yacer
entre otros brazos;
la mujer pequeña que después afeara sus ojos
y llenará de arrugas su mirada
con la lengua viperina de sus celos;
la que ahora revolotea de mañana
bajo el estímulo de la ausencia y el silencio.
De otro tiempo
que es hoy magnifica presencia
de lo que he de vivir mientras viva,
amor es amor aunque se le quiebren las piernas
y la inmundicia recorra su lengua.

No hay nadie en el mundo que merezca tanto anhelo
y es que la vida es un misterio
donde la paz y la guerra andan como hermanos,
a fin de cuentas las arrugas de tu mirada
y el ceño de tus palabras rubicundas
sólo perturban ligeramente el envés silencioso de la memoria
tan repleta, tan gozosa.
Almas simples que pensamos
que ser tuyo o mío
requiere de los oficios notariales.
Imbéciles nosotros
si no aspiramos a llenar nuestras vidas de sensaciones,
preñada riqueza de quien siente en su piel
la plenitud de esta mañana llena de pájaros.

Los pájaros abandonaron el charco
y ahora pían allá entre los setos
¿será verdad que se aproxima la primavera?


Espléndidas aunque débilmente excitadas,
como murmullo de aguas corriendo bajo mi piel.




Esta inacabable reiteración

Esta inacabable reiteración
sobre la que caen los días
llenos del verdor casi infinito
de las páginas de los libros
y los silencios del fuego
sin poder decir aquellas dos mágicas palabras
envuelto en la frazada del blanco y negro
de la pared encalada
donde llegan bandadas de nubes
o grandes ficus abrazan los sillares de piedra caliza
de un templo milenario
azul sobre el negro de la noche del río.




Ya no soy nada

Ya no soy nada
azul cobalto en las sombras
brotando en el silencio a borbotones
entre los copos de nieve
que cruzan la tarde,
el frío tacto de un canto rodado
modelado por la lluvia y el viento,
azul que muere
recostada su cabeza
en las ráfagas del tiempo.

Se derramaba bajo mi piel
el puente que mi memoria
tendió entre las orillas
de un misterio que volaba prendido
en las crines de las nubes,
que ayer fue amor
y hoy el lecho pedregoso del tiempo
...que no perdona,
disoluto alijo mineral
en donde enfriar el cuerpo de la pasión,
leve paz
que besa la fría piel de la roca inerme
frente a los árboles que inclinan
su cuerpo al viento
mientras croan las ranas
bajo el suelo blanco de aguanieve.
           




A la pequeña roca


A la pequeña roca
de negro satinado,
arrancada a la arena de un desierto,
fría caricia entre mis manos,
le acompaña el blanco níveo
de un cuarzo.
Ellas hablan de un tiempo desmesurado
para mi entendimiento.

Altas y doradas de silencio
las dunas acogieron
el pequeño juego de abalorios,
blanco y negro
pulidos bellamente por el tiempo
posaron al final de los rizos
sobre la hondonada.

Blanco y negro
los milenios sobre mi mesa.
Cierro los ojos
cuando la tarde se va
y la arena enfría sus labios en la noche
y escucho el silencio del tiempo,
en una mano el blanco y el negro
en la otra las trenzas de la arena.

En esta noche de estrellas
mis manos acarician
su alma
buscan bajo su ropaje rubio
el grave silencio.

Tiembla la llama en los costados de un leño,
estremecidos pensamientos
danzan en la oscilante luminosidad dorada
de un caballo rojo y un buda negro.
Atraviesa la noche algún motor lejano,
la luna cruza la ventana
se posa discreta sobre la cal apagada,
a través de las sombras de la noche
callan las estrellas
miran con ironía el mundo a sus píes;
el crepitar tranquilo de las llamas
dormita entre los troncos
junto al blanco y negro del tiempo.




Cada mañana


Cada mañana
el vacío me despierta
con su filo incisivo
sobre el mar aletargado
del amanecer.

Cada día
como la onda de una ola
de lomo acerado
impasible e igual a sí misma
se repite
con su brillo de aceite
llena de elegancia
como una campana
que dejara la lejana torre de una iglesia
y entregara al aire
el bronce pomposo
y letárgico de su cadencia.

Viene del sueño
abriéndose paso en las luces del alba
llevando un nombre en los labios,
susurro mezclado ya
al zureo de las palomas
y al piar de los gorriones.

Todas las mañanas
como un frío para el que no basta abrigarse
penetra bajo mi edredón
antes de que el goce
venga a beber en el cuenco de la mañana
el agua cantarina de una jornada más.

Ahora es la apuesta del silencio,
el rumor de las voces
despertando del negro de la noche
con su eco profundo y grave
con sus luciérnagas de volar inquieto
contra los sillares
tapizados de aterciopelado musgo.

Así fue que pensé
que hacía tiempo que no estaba entre mis brazos,
que inicié el fúnebre rito del encuentro
en la fría cavidad del pozo
mientras la mañana llena de sol
cantaba en el envés de mis párpados.

Mis pies están fríos.

Todavía palpita entre mis manos su carne.

Hoy huele a primavera.




Delgados hilos de ansiedad

Delgados hilos de ansiedad
anegaban la noche
bajo el movimiento solemne de las ramas
mientras de espaldas sobre
un manto de hojas secas
sus ojos se llenaban de estrellas,
una noche plena de los fríos astros
encendidos como tizones lejanos más allá
de la sombra que la tierra
proyectaba en lo alto.

Sabía que la pesadilla se desvanecería
abriendo los ojos,
mirando al otro lado del sueño,
sin embargo todavía era necesario
llenarse del sonido metálico de la noche.




El torso oscuro de un leño

Las llamas lamían
el torso oscuro de un leño,
crepitaba en la oscuridad la madera
dejando un rastro de estrellas fugaces
en el cielo tiznado de la chimenea.
La piedra, encerrada en mi mano izquierda,
dejaba manar el contacto frío
de su venteado e inhóspito tiempo
instigando mi inquietud
obligándome a buscar algo
que rompiera el vasto silencio.

A última hora había decidido irme al mar
y poco antes a caminar por los montes
y las llamas, pálidas entre los leños
miraban discurrir a mis pensamientos
tratando de aferrarse a una verdad
entre las muchas que volaban el cielo de la noche.
Y ninguna me parecía lo suficientemente válida.
¿A qué marcharse al mar, o a la nieve,
o a las tierras del norte,
si en ningún caso podría alejarme de mí mismo?

Dejar de ser yo,
como polvo de alas de mariposa
quedar volando en el aire
en el alivio de la otredad
en el bullicio de las bromas y las convenciones corrientes
arribando así al vacío búdico
como vientre preñado de gracia y respito.

La alternancia del vacío y la gracia
jaras entre los peñascos
moviéndose a mi paso
inundando el aire de fragancia,
pinares húmedos y perfumados
tristes y lóbregos entre la lluvia caída de la tarde.

No será nieve
ni agua
ni un largo mirar por la ventanilla de un tren.
Será de nuevo la duda,
el tránsito de la horas ahogadas de silencio;
en la mano, la piedra gris,
ajena siempre a la historia
será palo de lluvia de las copas que agita el viento
será la presencia silenciosa del invierno
en las ramas desnudas
largas horas de meditación
entre los arbustos,
será paciente espera,
mañana sol,
pasado mañana la brumosa lluvia
llenando de ecos el cántaro de las horas.




Terror de soledad humana

Amor, terror de soledad humana,
canta Cernuda.

Después de todo
quizás sólo trataba de salvarse de la soledad
el cierzo sobre las desnudas laderas
el infinito estero
despojado y abierto al viento implacable,
encontrar entre la ventisca y la melancolía
el ondulado cabello de una diosa
que besara sus labios.
Así de solos caminamos
como si el mundo
no hubiera reunido todavía fuerzas
para levantar un refugio
contra la noche y la lluvia,
como si saliendo de las alcantarillas de la civilización
descubriéramos de pronto
en medio del tráfico ensordecedor
el monstruoso silencio al rojo blanco de las cosas
que rompe a cada instante el hilo de la esperanza
que corre bajo las filigranas de los adoquines
de las calles peatonales
donde los versos dorados sobre el pavimento
recuerdan un mundo imposible.

Nubes de aves migratorias
graznaban sobre los tejados
robando el aire a las palomas y a los gorriones.

¡Ay, si no viniera la música a la noche
a zarandear con sus manos de fiesta
con su fresca luminosidad
el estrecho rincón de mi cueva,
el desenfadado Mozart
a bañar la hora
en el carmesí gozoso de una sinfonía,
el umbrío río
la superficie espejeante de los álamos
adormecidos en las ondas del agua
despertando de la siesta
entre los violines de un allegretto
que rozaron las hebras de hierba de verde luminoso
y vinieron a posarse
en mi pecho como una mariposa
sobre el columpio de la tarde!




El canto general

El canto general
mengua sus cuerdas día a día,
y lo que ayer fue pasión y hervor,
hoy languidece
planta agostada
alma sin tuétano
como una feria en mitad de la noche
palabras sin pasión, hueras
árbol de secas raíces
levantando inútilmente sus manos al cielo.

Ya no sueño con un cuerpo nuevo como entonces
ya no espero
ahora paso largas jornadas en que mi deseo es solo
llenar el cuenco del día con medrugos de soledad;
las alimento con torreznos y gachas
miro al cielo, toco mi sexo adormecido,
silbo distraídamente una canción,
ya no espero
acaso me estoy haciendo viejo.

A fuerza de poner etiquetas al mundo
los montes se achatan
la lluvia es sólo agua que cae
y un coño es un extraño algoritmo de difícil explicación.

Esta noche soñé que había quedado atrapado
en las garras de unos servicios sociales
que velaban por mi bienestar,
salí huyendo espantado
pero un laberinto de sonrisas
en los rostros maquillados de amables señoritas
me cerraba el paso.
Me desperté azul violáceo
“dime con tu ronca voz: te quiero”
decía un verso de Miren Agur Meabe,
que aparecía escrito como un cordón de nata
sobre el cielo azul
entre el eucalipto y el olivo.
Ello me alivió,
pensé que acaso uno de estos días
me despertara y un cuerpo
volvería a ser parte de mi anhelo.




A la curva aquella del camino


Estuve a comprar unas cosas
a la curva aquella del camino le habían arrancado las flores
al pasar los dos olivos de la izquierda me miraron indiferentes
y más allá el color del asfalto era el mismo de siempre
despegado, frío e indiferente como hielo bajo mis pies;
me ponía dulcemente triste pensarte
saber que te perdiste en la oscuridad
mientras fugaces gotas de lluvia caían sobre el parabrisas.

Ahora un viento destemplado inclina las copas de los árboles
mientras mis ojos vagan por el cielo azotado
mientras intento recordar dónde puse
aquella receta de cordero que me diste un día.
Haré la comida y después bajaré de nuevo
a mirar por la ventana los almendros del valle,
porque ¿sabes?, ya florecieron los almendros,
aquellos cuyos pétalos caían como nieve
sobre tu cabello en lejanas primaveras.
Miraré los almendros en la distancia
como se miran los males que caen sobre nuestra impotencia
como otra de tantas guerras que asolaran la estupidez humana.

Y después quizás lea versos de Miren Agur Meabe,
sus versos gemelos me calman y me llenan de la profunda tristeza
que sorbo a sorbo bebo agradecido cada tarde.




Bajo la aguada del atardecer


Bajo la aguada del atardecer
abro el cuenco de mis manos
y recojo gotas de ámbar.

Hoy me serena saberme lejos de aquellos brutos
que una vez cruzaron por mi vida
con sus cuchillos en alto,
siempre la barbarie
camuflada en los habitáculos de la civilización.

Palpita, no obstante, en la cavidad hundida
de los almendros en flor
la luz turbada de una emoción
cortada de tajo
y todavía sin cicatrizar.

Sin embargo cuando nos conocimos
el mundo todavía estaba lleno de pájaros
y los brutos sesteaban desnudos
sobre sus propios excrementos
con el sexo lacio entre las piernas
ajenos al rayo de luz que atravesaba el cielo.




Versos para un día de cumpleaños


Soñé contigo y un cálido río
hizo cosquillas a toda la casa

Miren Agur Meabe

En el hueco de mi silencio
recojo migajas de viento
lepidópteros ebrios
perdidos en los caminos del cielo
restos hendidos
de entrañables historias
que debieron salir espantados
cuando el bosque se quemó
y quedó sobre el planeta
salobre sabor a lágrimas
suspendido en el aire,
olor a fogata y a tierra quemada
que cubriera de pavesas
como mariposas de luto
la delicada nieve de los almendros en flor,
que era por entonces la búsqueda
de una isla donde morar en paz
al abrigo de una primavera
donde recién habían estallado
los capullos de las rosas
sembrando el pavimento de pétalos
sobre los que más tarde
regueros de rojos claveles se abrirían paso
camino de la niebla.


Viejas hojas juegan con la brisa
volando como abejorros borrachos
mientras las flautas despiertan eufóricas
entre el ropaje de la sinfonía de un nuevo mundo
hacia el centro del escenario
como conejos saltando juguetones en las cebadas;
y miro a través de la ventana la mañana
y los caballos de cartón dan vueltas en la verbena
y las roncas cavidades de las tubas
expulsan espuma por los hijares
mientras el segundo movimiento
como un ejército en formación
desfila hacia el horizonte
poco antes de caer la oscuridad sobre la tierra.

Y me adormezco en su compañía,
y entre uno y otro movimiento
sueño con ella y su cumpleaños,
los mismo que cumpliera yo entonces
aquel otoño de gracia del encuentro;
y antes de que una cantata
sustituya al paroxismo final de la sinfonía
huele de nuevo a espliego
y el mundo vuelve a ser amable
hacia el final del invierno.


Música y fuego musitan
en los tubos de órgano de la noche
fragmentos de vida arrobada,
notas como trompetas de Jericó en sordina
atraviesan los pétalos de los ojos
acariciados de rocío
aguardando el roce de las yemas de la luz
sobre los párpados.

Bajo el flexo rojo
pura contemplación marina
hatos de palabras
engastadas en el silencio
cuelgan de las astas de la luna hacia el horizonte,
palabras como lluvia sobre el mar.


Un gran remanso
en el lento resbalar hacia el final,
entre el ahora y la muerte
las palabras
la hora de la siesta
los anhelos.


Largas hileras de ciudadanos
en el alicatado gris de la autovía,
argamasa de tráfico y motores
rodando sobre el cristal de la mañana,
y la sirena de una ambulancia abriéndose paso
con su grito de alerta
en la calina de un valle
que se perdía hacia el horizonte
colmado de deseos,
avena loca de los campos de Castilla
eco entre los rastrojos
donde habitaron las amapola,
juncos sobre la ribera azulada de las horas
discurriendo entre los álamos y los olmos
a los pies de los taludes ocres
cubiertos de grama
… y todo sin saber a dónde vamos
qué haremos con nuestro álbum de sensaciones
con nuestra colección de sellos,
sin saber a qué mar o qué río irán 
a parar nuestras lágrimas
nuestra sed.

El camino de las metáforas
oscurece las palabras envolviéndolas
en largos circunloquios
de algo que ya no sé decir,
que no quiero nombrar,
que el Tiempo debe amansar
haciendo fuerte mi soledad
en su retiro de la montaña.

Reconocer al fin que el futuro habrá de ser
recogimiento solitario frente al día que comienza
frente al sueño a cuyo regazo
me confiaré a la noche.


Ayer estuve en el hospital
y no hice otra cosa que escribir versos
a la puerta del quirófano,
una carne que no era la mía
estaba siendo abierta
al otro lado del ojo de buey,
tú te habías marchado
y por una ventana lateral
se veía caer indolente la lluvia.

Hay quien abre la llave del gas
para marcharse de la vida
o quien se cuelga o se pega un tiro;
¿pero cómo se marcha uno del amor?

Se trataba de una vieja historia
que el tiempo había transformado
como siempre en ternura.

Entonces una monja se acercó
y me ofreció una taza de té;
decliné el ofrecimiento
por miedo a perder el hilo de la emoción.




Pobre mío



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