Alberto
de la Madrid
Viejos
olmos
albertodelamadrid@gmail.com
Por
qué huir
Pero
¿por qué huir del desasosiego
la inquietud,
la madre que
espera al hijo muerto
el amante cuyas entrañas se hicieron
espuma
y viento?
Aquella madre que contaba mi amiga desconocida
que
volvía día tras día a depositar
la ofrenda de un beso,
un
sobre, una carta,
bajo la tierra donde se pudría su anhelo.
La
madre y el amante
dolor y amor a los muertos
brisa
cálida
tormento
perla escondida
en el fondo abisal
azul,
negro, remoto,
madurando en silencio
en la profunda gruta
verde.
Sí, es invierno
y no llueve
y no pían los
pájaros
y el sol calienta amablemente mi cuerpo,
y dije que no
iba a hacer versos
y hago versos
y mi alma es un
manantial
entre las hojas secas,
amor, destellos de bondad y
gracia
humedeciendo los prados
con el lienzo de los
líquenes
dorados de ceniza clara sus encajes.
Desasosiego,
el
de la guerra y las llamadas intempestivas
vibrando en la noche
como sirena de fábrica,
desde un valle remoto
la infinitud
apresada en las paredes del alma
rompiendo, sístole,
diástole
contra la argamasa y las piedras de la noche.
Lleno
de mí
Lleno
de mí y de las palabras
que dejan mis viejas botas
escribo
sobre un eco
prendido en el bronce de mis labios
como
besos
escribo: cuerpo
dolor
pasión,
ensueño
y me
quedo mirando en la noche
aquellos ojos que se perdieron en la
oscuridad
tras el glauco escenario
donde goteaban desde siglos
atrás
las penas
formando débiles e inaudibles
arroyos
escribo: amor
sed
anhelo
y envueltos en
papel de seda
el río y la memoria
resbalan por la ladera de
brezos
jugando con la nieve
y enfriando sus manos
La
sombra de un cadáver
La
sombra de un cadáver
se deslizó bajo el dintel de mi ventana
me
miró esquiva y
se introdujo abruptamente entre mis sábanas,
en
silencio se quedó junto a mí mirando
el viento que agitaba los
árboles,
tenía un aspecto apagado de rostro de cera.
Y yo
miraba las cañas del techo
cerraba los ojos
intentando
desterrar de mi memoria
el oprobio y la hez de las palabras
nutricias de sus vómitos
otorgando el perdón de mi dolor.
Y
mi llanto era entrecortado
y lleno de una melancolía torpe y
contradictoria.
Amanecía,
quizás ella proviniera de la
leche de un sueño angosto
venido a mí con el viento de la
noche
más allá de los desfiladeros
y del mar de carbón que
gime el dolor
de un amor sepulto en su vientre de
silencio;
cadáver de blanca belleza
de vientre amargo
de
besos dulces teñidos de mentira.
Encallada en mi virilidad
la
mano fría de la muerte
me llenaba el cuerpo de
estremecimiento;
entonces su alma se deslizó entre mis piernas
y
vagó por el duro y delicado tegumento de mi calor
como una lejana
reencarnación del pasado
con la boca húmeda y los pezones
tersos.
Y no tuve valor
permití que su lengua acariciara
la corona curva y brillante,
permití que dejara sus besos de
hielo
sobre el calor estremecido de mi excitación.
Y ahora
de pies sobre el día
cierro mis ojos
y taciturno pido
clemencia y comprensión
paz para mis vísceras
agua, madera,
fuego.
Con
el vacío bajo la piel
Con
el vacío bajo la piel
manando como lebrisco rumor de hojas,
una
mañana de invierno
remontar la hora entre los cerezos
de vino
viejo la copa,
con un libro en la mano
los ojos en el
camino
los oídos llenos de olas;
vivo,
se oye el recitado
de una oración
como agua repicando en el alma,
un rayo de sol
se desliza
entre las nubes de vientre plomizo.
No hay
tiempo
con la leche y el trigo hagamos queso y pan,
con la vida
versos;
los pies fríos
la memoria reclinada en un regazo
amado
la vida borboteando
en las frías alturas de un valle
chileno.
Debería ser preceptivo ir haciendo con la vida
buñuelos,
en el cuerpo de unos versos enlatar las emociones
y
llevar presto el cazamariposas de las intuiciones fugaces,
sacarle
partida a este invento.
Hoy no haré nada, leer y aplicarme el
cuento,
vivir de las rentas,
me leo,
recuerdo una
primavera
y los meses que siguieron.
es todo,
fuera el
viento habla con las ramas
se restriega el lomo en los troncos de
las acacias,
es invierno.
Cuando
el todo se arremolina
cuando
el todo se arremolina
en las mañana de invierno
a la luz leve
de la memoria,
cuando El Dorado
Cristo o Alá
se
deslizan entre las manos
como caduca esperanza
en donde
depositar nuestro porqué
la inútil explicación a nuestras horas
de dolor
y desasosiego,
cuando despertar entre la niebla
del sueño
es el hondo estertor
de un reloj asmático sin
manillas
loco en el vacío del tiempo
aislado en un desierto
amarillo
bajo un cielo de ceniza,
cuando se ha de
reconstruir
la babel de las alegrías y los gozos
junto al
pesado estigma del dolor
y la indiferencia del hastío
y tratar
así de fundamentar
el día que comienza
frente a la animada
pajarera
que puebla el cielo
y las manos agitadas
de las
copas de los árboles,
ese momento en el rostro de quien
pasea
sobre las hojas muertas del invierno
junto a la fosa de
aquella perra fiel
que yace encogida bajo las adelfas
más allá
de los dioses y su estéril determinación
de sobrevivirse en la
esperanza de otro mundo
más allá del bien y del mal
donde el
viento cesó
y la luna pasea su traje de novia
camino de la
oscura nada,
cuando sería necesario encontrar un porqué
y
conocer los hilos del guiñol
que mueven nuestras
almas,
sedientas,
aupadas sobre sí
para tocar el cielo
y
besar sus labios
y solo se ase entre las manos
un torbellino de
arremolinadas aguas
huracanes de pasión asolando
la
arraudalada corriente
pronta a precipitarse
en la blanca espuma
de un salto mortal
hacia la concha verde de un anhelo.
y
sólo se oyen las aguas del mar
hirviendo entre los
guijarros
camino otra vez de la serenidad azul
mientras sobre
los acantilados de lava
las gaviotas alzan el vuelo
y acaso de
las torres del silencio
descienden en rapeles espectaculares
los
brillantes hijos de la intuición
que pintan el cielo con
arabescos fosforescentes
y se mezclan en el aire con las primeras
golondrinas
que prometen una primavera cercana.
Barrera
de luz y sueño
Barrera
de luz y sueño
precipitado por la morrena terrosa
en estrépito
dulzor de azufre
mientras en el fondo brillan los glaciares
y
se abre
y titilan las estrellas tras el amanecer
en polvoriento
eco
de alud de argamasa,
luz de luna
sobre los pechos
blancos de las montañas dormidas
despertando el pubis
ensortijado
entre los brazos de hielo
que ahora recorre
la
polvareda sobre el abismo
poco antes en sepulcral silencio
El
día se había roto en pedazos
y sobre las angostas acanaladuras
de hielo
se erguían atrevidas espirales de granito,
la noche
acechaba entre las grietas,
rugosas epidermis de monstruos
antidiluvianos
surcadas de abismos de fondo azulado y
transparente
se abrían a mis pies
cubierto su lomo de restos
de montañas
camino del valle
donde los seracs
desmoronaban
sólidos
y estruendosos
como rascacielos sin huesos
Ya
no necesita mi perdón
ya
no necesita mi perdón
porque la serenidad del invierno
fue
trayendo con su pelaje de nieve
el tiempo de la
reconciliación
hasta el silencio refrescante de la
noche;
liberado del desasosiego de la espera
su recuerdo
crepita cálido entre las llamas,
musitando desde su lecho de
cenizas
la paz que se avecina
como ave de anchas alas sobre las
olas
gozosa de volar
en el espacio que dejaron las nubes
al
otro lado de noche
sin embargo no es más que un deseo
nadando
en un charco de melancolía
de hecho yo no
pude
hasta ahora
decir
llorar junto al abismo
la angustia
de las calles silenciosas
decir el color de unos ojos;
no había
llegado el momento
un sendero donde la melancolía y la
esperanza
juegan de la mano a la pelota sobre el abismo
pensando
que las nubes llenarán de humedad
la cánula cenital del sol
sobre sus cabezas
inclemente hasta la hora del crepúsculo
Como
murmullo de aguas
Espléndidas
como
murmullo de aguas corriendo bajo mi piel
beben las sensaciones en
el cuenco de la mañana
y me pregunto:
¿cómo amor fue
abominable en su lengua,
tan tardo en la comprensión?
yo
que amé aquel cuerpo a mi cuerpo ceñido
su gozo entre mis
brazos
tendiendo su boca a buscar la mía
sobre el camino
salpicado de noche y estrellas
Y así es hoy
una mañana en
que los mirlos comparten con los gorriones
el baño bajo el
aspersor,
me di una vuelta
vi las granadas abiertas entre las
ramas
pisé el rocío
y enseguida comprendí
que debía
dejar testimonio
de aquel camino, de aquella noche
del gozo que
dejaron las caricias
en los límites del crepúsculo,
la dicha
entre mis brazos
ya parte de mí
¿por qué estará hoy la
parcela tan llena de pájaros
como si ya mismo fuera a empezar la
primavera?
Y debo procurar que las sensaciones
aunque
teñidas por el impacto de los despropósitos
no huyan de mí sin
antes haber dejado
en las hondonadas de mi ánimo
el prolongado
calor de su presencia;
por eso escribo versos esta mañana
cierro
los ojos y ellas pliegan sus alas
y vienen a beber a mis pies
y
me hablan de otro tiempo
cuando la noche o el alba eran
yacer
entre otros brazos;
la mujer pequeña que después afeara
sus ojos
y llenará de arrugas su mirada
con la lengua viperina
de sus celos;
la que ahora revolotea de mañana
bajo el
estímulo de la ausencia y el silencio.
De otro tiempo
que es
hoy magnifica presencia
de lo que he de vivir mientras viva,
amor
es amor aunque se le quiebren las piernas
y la inmundicia recorra
su lengua.
No hay nadie en el mundo que merezca tanto anhelo
y
es que la vida es un misterio
donde la paz y la guerra andan como
hermanos,
a fin de cuentas las arrugas de tu mirada
y el ceño
de tus palabras rubicundas
sólo perturban ligeramente el envés
silencioso de la memoria
tan repleta, tan gozosa.
Almas simples
que pensamos
que ser tuyo o mío
requiere de los oficios
notariales.
Imbéciles nosotros
si no aspiramos a llenar
nuestras vidas de sensaciones,
preñada riqueza de quien siente en
su piel
la plenitud de esta mañana llena de pájaros.
Los
pájaros abandonaron el charco
y ahora pían allá entre los
setos
¿será verdad que se aproxima la primavera?
Espléndidas
aunque débilmente excitadas,
como murmullo de aguas corriendo
bajo mi piel.
Esta
inacabable reiteración
Esta
inacabable reiteración
sobre la que caen los días
llenos del
verdor casi infinito
de las páginas de los libros
y los
silencios del fuego
sin poder decir aquellas dos mágicas
palabras
envuelto en la frazada del blanco y negro
de la pared
encalada
donde llegan bandadas de nubes
o grandes ficus abrazan
los sillares de piedra caliza
de un templo milenario
azul sobre
el negro de la noche del río.
Ya
no soy nada
Ya
no soy nada
azul cobalto en las sombras
brotando en el silencio
a borbotones
entre los copos de nieve
que cruzan la tarde,
el
frío tacto de un canto rodado
modelado por la lluvia y el
viento,
azul que muere
recostada su cabeza
en las ráfagas
del tiempo.
Se derramaba bajo mi piel
el puente que mi
memoria
tendió entre las orillas
de un misterio que volaba
prendido
en las crines de las nubes,
que ayer fue amor
y hoy
el lecho pedregoso del tiempo
...que no perdona,
disoluto alijo
mineral
en donde enfriar el cuerpo de la pasión,
leve paz
que
besa la fría piel de la roca inerme
frente a los árboles que
inclinan
su cuerpo al viento
mientras croan las ranas
bajo
el suelo blanco de aguanieve.
A
la pequeña roca
A
la pequeña roca
de negro satinado,
arrancada a la arena de un
desierto,
fría caricia entre mis manos,
le acompaña el blanco
níveo
de un cuarzo.
Ellas hablan de un tiempo desmesurado
para
mi entendimiento.
Altas y doradas de silencio
las dunas
acogieron
el pequeño juego de abalorios,
blanco y
negro
pulidos bellamente por el tiempo
posaron al final de los
rizos
sobre la hondonada.
Blanco y negro
los milenios
sobre mi mesa.
Cierro los ojos
cuando la tarde se va
y la
arena enfría sus labios en la noche
y escucho el silencio del
tiempo,
en una mano el blanco y el negro
en la otra las trenzas
de la arena.
En esta noche de estrellas
mis manos
acarician
su alma
buscan bajo su ropaje rubio
el grave
silencio.
Tiembla la llama en los costados de un
leño,
estremecidos pensamientos
danzan en la oscilante
luminosidad dorada
de un caballo rojo y un buda negro.
Atraviesa
la noche algún motor lejano,
la luna cruza la ventana
se posa
discreta sobre la cal apagada,
a través de las sombras de la
noche
callan las estrellas
miran con ironía el mundo a sus
píes;
el crepitar tranquilo de las llamas
dormita entre los
troncos
junto al blanco y negro del tiempo.
Cada
mañana
Cada
mañana
el vacío me despierta
con su filo incisivo
sobre el
mar aletargado
del amanecer.
Cada día
como la onda de
una ola
de lomo acerado
impasible e igual a sí misma
se
repite
con su brillo de aceite
llena de elegancia
como una
campana
que dejara la lejana torre de una iglesia
y entregara
al aire
el bronce pomposo
y letárgico de su cadencia.
Viene
del sueño
abriéndose paso en las luces del alba
llevando un
nombre en los labios,
susurro mezclado ya
al zureo de las
palomas
y al piar de los gorriones.
Todas las mañanas
como
un frío para el que no basta abrigarse
penetra bajo mi
edredón
antes de que el goce
venga a beber en el cuenco de la
mañana
el agua cantarina de una jornada más.
Ahora es la
apuesta del silencio,
el rumor de las voces
despertando del
negro de la noche
con su eco profundo y grave
con sus
luciérnagas de volar inquieto
contra los sillares
tapizados de
aterciopelado musgo.
Así fue que pensé
que hacía tiempo
que no estaba entre mis brazos,
que inicié el fúnebre rito del
encuentro
en la fría cavidad del pozo
mientras la mañana
llena de sol
cantaba en el envés de mis párpados.
Mis
pies están fríos.
Todavía palpita entre mis manos su
carne.
Hoy huele a primavera.
Delgados
hilos de ansiedad
Delgados
hilos de ansiedad
anegaban la noche
bajo el movimiento solemne
de las ramas
mientras de espaldas sobre
un manto de hojas
secas
sus ojos se llenaban de estrellas,
una noche plena de los
fríos astros
encendidos como tizones lejanos más allá
de la
sombra que la tierra
proyectaba en lo alto.
Sabía que la
pesadilla se desvanecería
abriendo los ojos,
mirando al otro
lado del sueño,
sin embargo todavía era necesario
llenarse
del sonido metálico de la noche.
El
torso oscuro de un leño
Las
llamas lamían
el torso oscuro de un leño,
crepitaba en la
oscuridad la madera
dejando un rastro de estrellas fugaces
en
el cielo tiznado de la chimenea.
La piedra, encerrada en mi mano
izquierda,
dejaba manar el contacto frío
de su venteado e
inhóspito tiempo
instigando mi inquietud
obligándome a buscar
algo
que rompiera el vasto silencio.
A última hora había
decidido irme al mar
y poco antes a caminar por los montes
y
las llamas, pálidas entre los leños
miraban discurrir a mis
pensamientos
tratando de aferrarse a una verdad
entre las
muchas que volaban el cielo de la noche.
Y ninguna me parecía lo
suficientemente válida.
¿A qué marcharse al mar, o a la
nieve,
o a las tierras del norte,
si en ningún caso podría
alejarme de mí mismo?
Dejar de ser yo,
como polvo de alas
de mariposa
quedar volando en el aire
en el alivio de la
otredad
en el bullicio de las bromas y las convenciones
corrientes
arribando así al vacío búdico
como vientre
preñado de gracia y respito.
La alternancia del vacío y la
gracia
jaras entre los peñascos
moviéndose a mi
paso
inundando el aire de fragancia,
pinares húmedos y
perfumados
tristes y lóbregos entre la lluvia caída de la
tarde.
No será nieve
ni agua
ni un largo mirar por la
ventanilla de un tren.
Será de nuevo la duda,
el tránsito de
la horas ahogadas de silencio;
en la mano, la piedra gris,
ajena
siempre a la historia
será palo de lluvia de las copas que agita
el viento
será la presencia silenciosa del invierno
en las
ramas desnudas
largas horas de meditación
entre los
arbustos,
será paciente espera,
mañana sol,
pasado mañana
la brumosa lluvia
llenando de ecos el cántaro de las horas.
Terror
de soledad humana
Amor,
terror de soledad humana,
canta
Cernuda.
Después de todo
quizás sólo trataba de salvarse
de la soledad
el cierzo sobre las desnudas laderas
el infinito
estero
despojado y abierto al viento implacable,
encontrar
entre la ventisca y la melancolía
el ondulado cabello de una
diosa
que besara sus labios.
Así de solos caminamos
como si
el mundo
no hubiera reunido todavía fuerzas
para levantar un
refugio
contra la noche y la lluvia,
como si saliendo de las
alcantarillas de la civilización
descubriéramos de pronto
en
medio del tráfico ensordecedor
el monstruoso silencio al rojo
blanco de las cosas
que rompe a cada instante el hilo de la
esperanza
que corre bajo las filigranas de los adoquines
de las
calles peatonales
donde los versos dorados sobre el
pavimento
recuerdan un mundo imposible.
Nubes de aves
migratorias
graznaban sobre los tejados
robando el aire a las
palomas y a los gorriones.
¡Ay, si no viniera la música a la
noche
a zarandear con sus manos de fiesta
con su fresca
luminosidad
el estrecho rincón de mi cueva,
el desenfadado
Mozart
a bañar la hora
en el carmesí gozoso de una
sinfonía,
el umbrío río
la superficie espejeante de los
álamos
adormecidos en las ondas del agua
despertando de la
siesta
entre los violines de un allegretto
que rozaron las
hebras de hierba de verde luminoso
y vinieron a posarse
en mi
pecho como una mariposa
sobre el columpio de la tarde!
El
canto general
El
canto general
mengua sus cuerdas día a día,
y lo que ayer fue
pasión y hervor,
hoy languidece
planta agostada
alma sin
tuétano
como una feria en mitad de la noche
palabras sin
pasión, hueras
árbol de secas raíces
levantando inútilmente
sus manos al cielo.
Ya no sueño con un cuerpo nuevo como
entonces
ya no espero
ahora paso largas jornadas en que mi
deseo es solo
llenar el cuenco del día con medrugos de
soledad;
las alimento con torreznos y gachas
miro al cielo,
toco mi sexo adormecido,
silbo distraídamente una canción,
ya
no espero
acaso me estoy haciendo viejo.
A fuerza de poner
etiquetas al mundo
los montes se achatan
la lluvia es sólo
agua que cae
y un coño es un extraño algoritmo de difícil
explicación.
Esta noche soñé que había quedado atrapado
en
las garras de unos servicios sociales
que velaban por mi
bienestar,
salí huyendo espantado
pero un laberinto de
sonrisas
en los rostros maquillados de amables señoritas
me
cerraba el paso.
Me desperté azul violáceo
“dime con tu
ronca voz: te quiero”
decía un verso de Miren Agur Meabe,
que
aparecía escrito como un cordón de nata
sobre el cielo
azul
entre el eucalipto y el olivo.
Ello me alivió,
pensé
que acaso uno de estos días
me despertara y un cuerpo
volvería
a ser parte de mi anhelo.
A
la curva aquella del camino
Estuve
a comprar unas cosas
a la curva aquella del camino le habían
arrancado las flores
al pasar los dos olivos de la izquierda me
miraron indiferentes
y más allá el color del asfalto era el
mismo de siempre
despegado, frío e indiferente como hielo bajo
mis pies;
me ponía dulcemente triste pensarte
saber que te
perdiste en la oscuridad
mientras fugaces gotas de lluvia caían
sobre el parabrisas.
Ahora un viento destemplado inclina las
copas de los árboles
mientras mis ojos vagan por el cielo
azotado
mientras intento recordar dónde puse
aquella receta de
cordero que me diste un día.
Haré la comida y después bajaré
de nuevo
a mirar por la ventana los almendros del valle,
porque
¿sabes?, ya florecieron los almendros,
aquellos cuyos pétalos
caían como nieve
sobre tu cabello en lejanas primaveras.
Miraré
los almendros en la distancia
como se miran los males que caen
sobre nuestra impotencia
como otra de tantas guerras que asolaran
la estupidez humana.
Y después quizás lea versos de Miren
Agur Meabe,
sus versos gemelos me calman y me llenan de la
profunda tristeza
que sorbo a sorbo bebo agradecido cada tarde.
Bajo
la aguada del atardecer
Bajo
la aguada del atardecer
abro el cuenco de mis manos
y recojo
gotas de ámbar.
Hoy me serena saberme lejos de aquellos
brutos
que una vez cruzaron por mi vida
con sus cuchillos en
alto,
siempre la barbarie
camuflada en los habitáculos de la
civilización.
Palpita, no obstante, en la cavidad hundida
de
los almendros en flor
la luz turbada de una emoción
cortada de
tajo
y todavía sin cicatrizar.
Sin embargo cuando nos
conocimos
el mundo todavía estaba lleno de pájaros
y los
brutos sesteaban desnudos
sobre sus propios excrementos
con el
sexo lacio entre las piernas
ajenos al rayo de luz que atravesaba
el cielo.
Versos
para un día de cumpleaños
“Soñé
contigo y un cálido río
hizo cosquillas a toda la casa”
Miren
Agur Meabe
En
el hueco de mi silencio
recojo migajas de viento
lepidópteros
ebrios
perdidos en los caminos del cielo
restos hendidos
de
entrañables historias
que debieron salir espantados
cuando el
bosque se quemó
y quedó sobre el planeta
salobre sabor a
lágrimas
suspendido en el aire,
olor a fogata y a tierra
quemada
que cubriera de pavesas
como mariposas de luto
la
delicada nieve de los almendros en flor,
que era por entonces la
búsqueda
de una isla donde morar en paz
al abrigo de una
primavera
donde recién habían estallado
los capullos de las
rosas
sembrando el pavimento de pétalos
sobre los que más
tarde
regueros de rojos claveles se abrirían paso
camino de la
niebla.
Viejas hojas juegan con la brisa
volando como
abejorros borrachos
mientras las flautas despiertan
eufóricas
entre el ropaje de la sinfonía de un nuevo mundo
hacia
el centro del escenario
como conejos saltando juguetones en las
cebadas;
y miro a través de la ventana la mañana
y los
caballos de cartón dan vueltas en la verbena
y las roncas
cavidades de las tubas
expulsan espuma por los hijares
mientras
el segundo movimiento
como un ejército en formación
desfila
hacia el horizonte
poco antes de caer la oscuridad sobre la
tierra.
Y me adormezco en su compañía,
y entre uno y otro
movimiento
sueño con ella y su cumpleaños,
los mismo que
cumpliera yo entonces
aquel otoño de gracia del encuentro;
y
antes de que una cantata
sustituya al paroxismo final de la
sinfonía
huele de nuevo a espliego
y el mundo vuelve a ser
amable
hacia el final del invierno.
Música y fuego
musitan
en los tubos de órgano de la noche
fragmentos de vida
arrobada,
notas como trompetas de Jericó en sordina
atraviesan
los pétalos de los ojos
acariciados de rocío
aguardando el
roce de las yemas de la luz
sobre los párpados.
Bajo el
flexo rojo
pura contemplación marina
hatos de
palabras
engastadas en el silencio
cuelgan de las astas de la
luna hacia el horizonte,
palabras como lluvia sobre el mar.
Un
gran remanso
en el lento resbalar hacia el final,
entre el
ahora y la muerte
las palabras
la hora de la siesta
los
anhelos.
Largas hileras de ciudadanos
en el alicatado
gris de la autovía,
argamasa de tráfico y motores
rodando
sobre el cristal de la mañana,
y la sirena de una ambulancia
abriéndose paso
con su grito de alerta
en la calina de un
valle
que se perdía hacia el horizonte
colmado de
deseos,
avena loca de los campos de Castilla
eco entre los
rastrojos
donde habitaron las amapola,
juncos sobre la ribera
azulada de las horas
discurriendo entre los álamos y los olmos
a
los pies de los taludes ocres
cubiertos de grama
… y todo sin
saber a dónde vamos
qué haremos con nuestro álbum de
sensaciones
con nuestra colección de sellos,
sin saber a qué
mar o qué río irán
a parar nuestras lágrimas
nuestra
sed.
El camino de las metáforas
oscurece las palabras
envolviéndolas
en largos circunloquios
de algo que ya no sé
decir,
que no quiero nombrar,
que el Tiempo debe
amansar
haciendo fuerte mi soledad
en su retiro de la
montaña.
Reconocer al fin que el futuro habrá de
ser
recogimiento solitario frente al día que comienza
frente
al sueño a cuyo regazo
me confiaré a la noche.
Ayer
estuve en el hospital
y no hice otra cosa que escribir versos
a
la puerta del quirófano,
una carne que no era la mía
estaba
siendo abierta
al otro lado del ojo de buey,
tú te habías
marchado
y por una ventana lateral
se veía caer indolente la
lluvia.
Hay quien abre la llave del gas
para marcharse de
la vida
o quien se cuelga o se pega un tiro;
¿pero cómo se
marcha uno del amor?
Se trataba de una vieja historia
que
el tiempo había transformado
como siempre en ternura.
Entonces
una monja se acercó
y me ofreció una taza de té;
decliné el
ofrecimiento
por miedo a perder el hilo de la emoción.
Pobre
mío